martes, 27 de octubre de 2020

Algunos datos que me hacen pensar



    En 2010, la OMS definió pandemia como “la propagación mundial de una nueva enfermedad”, eliminando la categoría de “alta mortalidad”. “Las directrices se han revisado tras detectarse que en 2009 con la crisis de la gripe H1N1, conocida como la gripe A, se declaró una pandemia en base a unas estimaciones que nunca se dieron”. (El Periódico, España, junio 2013)

    Las predicciones anunciaban, al principio de la propagación de esta enfermedad, muchos millones de muertes en el mundo. Alguien dijo 40 millones; por el momento no encuentro las cifras pero sí recuerdo que eran muchos. Hasta el momento, el número es de 1,1 millones. En Argentina, aproximadamente 32.000 personas mueren por año debido a neumonía e influenza (gripe). Al 27 de octubre de este año –hoy- la cifra de fallecimientos por SARS-CoV-2 es 29.300, según las cifras oficiales. El biólogo Alberto Kornblihtt (miembro del Directorio del Conicet desde mayo de 2019) predijo 364 mil fallecidos para Navidad. (Me pregunto si pensará mandarnos aviones fumigadores para exterminarnos y alcanzar el número de su brillante cálcuo)..

    Vacunación: En el gobierno de Cristina Fernández el número de vacunas del calendario nacional llegó a 16 ** (en 2003 eran 8); una de ellas es la vacuna contra el virus del papiloma humano(VPH) para niñas de 11 años. Más adelante, Mauricio Macri, durante su presidencia, ratifica la obligatoriedad –y gratuidad - y la extiende a los adultos (Ley 27.491) **. En estos días, el Parlamento argentino “blindó de responsabilidad criminal”-tomo las palabras de alguien- a las farmacéuticas por posibles efectos de la vacuna que se pretende imponernos. El proyecto de ley, aprobado por Diputados, habla de vacunas “destinadas a generar inmunidad adquirida”. Claro, después de meses de encierro la inmunidad natural ha tenido dificultades para desarrollarse.... en algunos casos. Además, este proyecto de ley establece confidencialidad de la composición de la vacuna. ¿Para impedir la creación de genéricos? ¿Para que no nos enteremos de lo que han preparado para nuestros organismos?

    El doctor en Bioquímica Hugo Luján  *** , cordobés, trabaja en el desarrollo de una vacuna oral (mucho menos agresiva que la que pretenden inocularnos, dicen unos cuantos profesionales que realmente parecen saber del tema), pero no se le ha dado lugar alguno en el ámbito oficial, aunque es un experto investigador del Conicet y trabaja desde hace años en el tema.
 

    Por mi parte, no tengo dudas de que para la mayor parte de los mortales este tema del nuevo virus fue una sorpresa. No creo lo mismo acerca de la primera línea de las clases políticas de todos los países del mundo.

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** Según un analista, en ambos casos las decisiones estuvieron vinculadas a algún interés y sugiere cuáles. 

*** Según escuché, se le retiraron fondos para su trabajo y ha recibido alguna amenaza. Aún no he investigado sobre el tema.

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 Mientras tanto, me parece a mí, los hechos nos imponen otra cosa: preguntarnos cómo queremos seguir viviendo; preguntarnos de qué manera hemos contribuido a la alimentación de esta realidad que hoy nos sacude y que, desde mi punto de vista, lleva mucho tiempo pegando alaridos para despertarnos; y cuál será nuestra contribución para que las cosas sean diferentes. Cuando digo "las cosas" – término tan simplificador- quiero decir LA VIDA.

    Siempre nos queda la LIBERTAD DE ELEGIR. Elegir de nuevo. Y no hablo de política cuando digo esto. Lejos me siento de encontrar allí el Norte de nada. La responsabilidad es mucho mayor y ninguna persona adulta escapa de ella. Luego, la política será quizás un día otra "cosa".




¿Y ahora ...?



Claudia M. Monasterio 






lunes, 12 de octubre de 2020

MARCA REGISTRADA

Marca registrada  ... esas palabras que de tanto repetirlas van creando realidad y van siendo incorporadas en el inconsciente colectivo como una verdad absoluta.


Cuando todo nos pedía a gritos ir en busca de algo que nos acercara los unos a los otros, se nos impuso  alejarnos, desconfiar de cualquiera que te pase cerca y hasta de uno mismo. Lo patentaron como  distanciamiento social. Cuando todo nos suplicaba salirnos de la vieja estructura, se nos impusieron unas reglas que nos dejaron perplejos: protocolos. Cuando un inmenso racimo de brotes humanos se expande anunciando un mensaje de libertad interior (algo bastante difícil de alcanzar) se nos impone el tapabocas. Y no es casual que esto ocurra en este tiempo, en que una parte de la humanidad, en silencio o agitando palmas, manifiesta su clara disconformidad con una manera de vivir que de la vida nos recuerda poco. Un tiempo en que la conciencia individual se viene abriendo paso, con gran velocidad, hacia un pensar diferente. 

Oportunidad impecable ésta para incrementar esa conciencia y desde allí tomar nuevas decisiones. Oportunidad  para comprobar que podemos ejercer nuestra libertad interior aun cuando el fantasma del miedo se dispersa por todas partes. Libertad interior: ejercicio profundo, intenso, de extremada atención.

De un día para el otro, la comunicación personal fue desplazada por la virtual, propiedad de oligopolios en los cuales día a día mostramos y exponemos gran parte de nuestra existencia. Oportunidad ésta para defender y nutrir ese espacio que es sólo mío, que sólo yo conozco y a donde voy cada vez que se me da la gana, sin protocolo alguno.

Cuando ciertas voces me dicen qué puedo y qué no puedo hacer -qué me está permitido y qué no-, es el momento en que más aprovecho para mirarme en el espejo y decirme con honestidad dónde le estaba poniendo un freno a mi vida, dónde le estaba acortando las riendas a mi vuelo, dónde mis células se han arrinconado por temor a lo largo de años y años, quizá por memorias ancestrales que intentaron protegerme. 

Mientras pongo en duda este parate exterior, activo mi interior con determinación, en ocasiones sumergiéndome en el pozo más lleno de mierda que se me presenta, si es necesario, y grito mi verdad para ganarle a siglos de disfraces. Después me planto y miro de  frente con toda la valentía de que soy capaz, porque realmente quiero blandir la espada de la transformación y regresar con una mirada más limpia y serena.

Sin querer, me asalta esta pregunta: ¿Estarán los niños y niñas incorporando el miedo a abrazar a sus abuelos, y a su maestra un día?  ¿Se animarán a subir a un tobogán o a una hamaca después de haberlos visto durante meses encintados indicando zona peligrosa?

¿Y estaremos incorporando nosotros, los adultos, el mismo miedo? ¿Cómo reanudaremos la cotidianeidad después de habernos ido al sueño cada noche con el sonido de la palabra "distanciamiento" resonando en nuestras fibras más íntimas?  

       ¿Mirarnos de reojo, con suspicacia? ¿Más todavía? ¿Quién quiere eso? ¿Acaso no vivimos desde hace años en una guerra civil combatida a través de las redes sociales y de canales de Internet?  Basta detenerse unos minutos a leer los comentarios con que unos y otros pretenden derrotar las ideas ajenas. Uno de estos medios ha dado en llamar "muro" a ese espacio propio. ¡Ja, no podía ser más exacto! Cada uno detrás de su muro, con su historia, con sus noticias, en un reality que supera cualquier patético programa de televisión. ¿Y quién gana en esta batalla? Sin duda, no los combatientes. Ganan los que  promueven la antropofobia (miedo al ser humano). 

    Me digo entonces que, después de todo, quizá regresemos con más ganas de estar cerca, si en verdad lo que estamos suplicando, desde el fondo de los niños y niñas que aún nos habitan, es justamente proximidad..

Apenas empezó la cuarentena, cuando ni nos imaginábamos que se convertiría en una cuareterna -como le escuché decir a un médico-, dije que no me interesaba en lo más mínimo volver a la normalidad en la que vivíamos, porque esa normalidad era, en muchos aspectos, casi una distorsión del derecho a vivir. Sinceramente, espero que de esta enorme confusión emerja un pensar y un sentir renovados. Por mi parte, como no tengo el hábito de conformarme con lo que suelen decir las voces oficiales (vengan de donde vengan), elijo escuchar también otras campanas y cuando encuentro las que me resultan más afines tampoco las compro. Escucho y observo. Y voy sacando algunas conclusiones, temporarias, cambiantes, tratando de no aferrarme a nada, para no perder el ejercicio de reflexionar. Es que de tanto que hemos acatado sin cuestionar, se ha convertido el mundo en una masa de esclavos que se creen libres. Hoy, para mí, se trata de aprender qué es realmente eso de la  libertad aun cuando todo alrededor parece quitárnosla. Responder en lugar de reaccionar, tomarse tiempo para la contemplación, para el silencio.


Que no se nos olvide el abrazo, ni la voz propia. Que no se nos olvide la confianza, ni la risa, ni el canto. Que no se nos distraiga. Pensar más allá de lo coyuntural, cuestionar las propias ideas así como cuestionamos las de otros. Y ser honestos para admitir que acá no se trata de un partido político; se trata de un sistema que necesitamos transformar porque no podemos más con esto, y ese sistema lo hacemos uno más una, más vos, más yo, más todos..



"El más santo de todos los lugares de la tierra 
es aquel donde un viejo odio 
se ha convertido en un amor presente" (Un Curso de Milagros)

Claudia M. Monasterio


domingo, 27 de septiembre de 2020

¿DEMO o PLUTO?

Parece el nombre de dos personajes de Disney, pero sólo es una manera ligera de abordar un tema que poco tiene de ligero. No voy a hacer un ensayo sobre el asunto pues lejos me encuentro de estar tan preparada. Sin embargo, una pocas notas me siento con derecho a escribir, nomás por el solo hecho de estar viviendo y de ser parte de la gran comunidad terrenal. Confieso que tanto observar no es lo que pretendo de mi vida, pero -no sé si te fijaste- lo que no observás te sale al acecho y te observa, así que finalmente decidís prestarle atención para que no te degluta en el proceso.

Hace tiempo que viene merodeándome la pregunta de si vivimos en una verdadera democracia o de qué se trata esto. En el colegio aprendí a memorizar que democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.  ¡Brillante concepto! Hoy, buscando en la enciclopedia virtual, no encuentro más esa definición mántrica de aquellos años lejanos. Hoy me lo ofrecen de esta manera:

  • Sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes.
  • Es una forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía.
  • Es una forma de gobierno del Estado donde el poder es ejercido por el pueblo, mediante mecanismos legítimos de participación en la toma de decisiones políticas.


¿Participación en la toma de decisiones? ¿Controlar a los gobernantes?


Si decido hilar fino según estas definiciones, o la del colegio, no recuerdo haber sido protagonista de ninguna democracia. Por otra parte, ¿cómo se lleva a cabo una democracia habiendo millones de personas con millones de puntos de vista? Si este concepto tan atractivo fue creado antes de la llamada era cristiana, o sea hace más de dos mil años, ¿no será hora de actualizarnos y redefinir una forma de gobierno en la que una gran parte de la sociedad no se siente representada? ¿La historia no nos estará reclamando, o suplicando, algún tipo de transformación para que la idea de democracia resulte más significativa y útil en su aplicación?

El camino que transito mientras cuestiono lo que veo, me muestra - ya no en un recodo, en una bifurcación medio escondida, sino al costado claro de la autopista- un inmenso cartel que me ciega con su luminaria. El cartel me anuncia un producto que no quiero comprar; uno que fue haciéndose lugar pasito a paso mientras algunos jugábamos a la prosperidad y a soñar sueños de grandeza. Me dice, con descaro: PLUTOCRACIA. ¿Y eso? "Forma de gobierno en que el poder está en manos de los más ricos o muy influido por ellos" . Traducido a mi lenguaje: el gobierno del poder económico.

¿Hay alguien que hoy, septiembre del año 2020, no vea que el verdadero poder está en la élite económica? Cuando nos apasionamos por defender la democracia, ¿no estaremos protegiendo un eufemismo?

En las recientes semanas de cuareterna –como la llamó alguien muy ingeniosamente- venimos viendo con estupor cómo las llamas arrasan  hectáreas de naturaleza, especialmente en el valle de Punilla, en la provincia de Córdoba. Veo las imágenes de la Pampa de Olaen y el corazón se me comprime.

(Foto del Facebook de Claudio Muñoz)

Conozco muy bien esa zona porque pasé inolvidables veraneos por allí (en La Falda) durante mi infancia, adolescencia y un poco más. Recuerdo andar por esos campos de Olaen, entrar en la capillita del 1700, construida con adobe, para finalmente llegar a la Cascada y bañarnos en esas aguas custodiadas por grandes rocas. Un paraíso. Hace cuatro años, volví a La Falda y un día decidí hacer un paseo a Olaen. Me transportaba la imagen familiar y virgen de la zona, la respiración contenida. Imposible describir la decepción que me abofeteó cuando me encontré ante un puesto donde se debía pagar para ingresar en un espacio lleno de gente. La violación de Olaen. 



Así empieza el avasallamiento. Puedo imaginar –aunque no quiero, me niego a hacerlo, me duele, me indigna- las miradas lascivas de los plutócratas delineando los planos de mega instalaciones hoteleras. Ayer alguien comentó en la radio que en un lugar de España (no recuerdo cuál) solía haber incendios. Un buen día se sancionó una ley prohibiendo el desarrollo inmobiliario en las zonas incendiadas. Se acabaron los incendios.

Hoy firmé una petición que alguien decidió comenzar para impedir que las tierras incendiadas vayan al bolsillo de los inescrupulosos emprendedores…. Perdón, rapiñadores. Una de las personas a las que reenvié la petición, me dijo que esa ley ya existe pero que no se cumple. Sea como fuere, vuelvo al tema principal de esta escritura: ¿Dónde está el poder de controlar de la ciudadanía? ¿Quién nos representa cuando el daño avanza impunemente, gobierno tras gobierno?

Nos sentimos impotentes, decimos; me incluyo. ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que nos fueron ubicando en ese lugar de pendejos, de sirvientes, de lacayos?

Sin duda, para mí, es éste un tiempo en el que los trapitos han decidido sacarse al sol, tiempo de mirarse en el espejo, de preguntarse cosas y dejar que el silencio responda en el momento adecuado. Salir de la hipnosis. Tiempo individual y también colectivo, le guste a quien le guste. Es que en verdad formamos una red social, que por supuesto no es ninguna de éstas por medio de las que todos los días nos inoculan, desde hace años, una metralleta de estímulos de todo tipo para distraernos. Para meter al rebaño en corrales cada vez más reducidos donde se pelean y atacan unos a otros porque el espacio en verdad les queda chico. Así y todo, 
 en este tiempo tan extraño veo con satisfacción  cómo algunos súbditos de las élites juegan un juego desesperado acallando voces por aquí y por allá, a diestra y siniestra, porque ven que el rebaño se les dispersa (esa es la buena noticia) y no les van a alcanzar los manotazos para seguir doblegándonos. Es uno de esos momentos especiales para la humanidad y mi elección es aprovecharlo.


Foto @dreamstime.com

 

NOTA: Quiero dejar perfectamente en claro que mi crítica no está dirigida al gobierno argentino actual, sino que involucra a cualquier gobierno de cualquier parte del mundo y de cualquier época. Digo esto para evitar la tentación de algún lector –que no sé si lo habrá-  de aprovechar  mis palabras para avivar el fuego de su alergia antiperonista.

 


                                                   Claudia M. Monasterio

domingo, 23 de agosto de 2020

Esos" adultos mayores" ...

 Seré breve y directa, porque así me lo pide el alma. Estoy harta hasta lo indecible de ver cómo se considera a los adultos de aproximadamente más de setenta años como si fueran discapacitados que generan un importante gasto al Estado. Se los deja de llamar por su nombre o con el vocativo Señor, Señora, y empiezan a ser parte de la manada de jubilados y jubiladas, o "nuestros abuelos". ¿Perdón???? ¿Qué clase de dictamen es éste? ¿De qué manual de instrucciones  se ha extraído este modelo estigmatizante? Entiendo que en muchas ocasiones son ellos mismos quienes echan leña al fuego haciendo que la llama de la incapacidad se avive. Entiendo que haya un cansancio y una sensación de "ya no puedo con esto", pero ¡atención!, ¿qué tal si damos un volantazo y cambiamos la película?

¿De qué estás hablando?, me preguntás. Muy simple: ¿qué tal si en lugar de promover sus limitaciones (que en algunas cuestiones se va haciendo cierta, pero no en todas) incentivamos sus aportes? De la misma manera en que lo haríamos con un niño, o con un adolescente, o con un adulto joven: alentándolo. Veamos qué tenés allí, en tu trayectoria de vida, para enseñarme, para contarme, ahora que no te encontrás con la obligación de ir a trabajar. 

Está bien ofrecerles clases de gimnasia y de origami gratuitas, pero por favor seamos más generosos. Tengamos la decencia de ahondar en su interioridad y, de este modo, abrirles la puerta para que ellos y ellas también lo hagan. Nadie que haya vivido más de setenta años puede decir que no tiene nada que ofrecerle a un corazón humilde que se para frente a él o ella con las manos abiertas deseoso de recibir. Nadie que se encuentre de frente con un corazón abierto querrá negarse a abrir el propio y es muy probable que hasta se sorprenda de lo que todavía puede hacer. Es muy probable también que deje de quejarse y de hablar de todos los medicamentos que toma como si fuera ese su único tema de conversación.

Dos almas bondadosas que se encuentran pueden levantar el sistema inmunológico del mundo entero.




CLAUDIA M. MONASTERIO


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domingo, 12 de julio de 2020

Sin rencor y otras yerbas

Tulipanes en la Patagonia argentina.

Hace unos días vi "Amor, deseo y tulipanes", película ambientada en Amsterdam en el año 1636 que me proporcionó una muy grata sorpresa al regalarme un desenlace que yo realmente no esperaba. El director me mostró  un modelo de vida que ya casi no creemos posible.  Esta novedad puedo ponerla de la mano de un episodio que viví recientemente y que, como suele ocurrir con varias de mis experiencias profundas, fue muy intensa, en este caso porque involucró mi cuerpo físico. Es posible que el relato se ponga muy intimista y es que no podría relatarlo de otra manera. Tampoco tendría sentido.

El viernes 3 de julio al mediodía me sentí extraña y supuse que estaba con la presión alta. Luego de comprobarlo, dejé el almuerzo para después y me dirigí al hospital del lugar donde vivo. Una hora y media más tarde me atendió un médico de guardia, que me dio una pastillita para tomar y me mandó  a hacer los análisis de laboratorio de rutina. Hay una cosa que se llama  intuición y que en este tiempo de aislamiento se me ha desarrollado bastante  más. ¿A cuento de qué viene este detalle? Pues a que apenas vi la pastillita que me ofrecía el médico, algo hizo ruido en mí, lo suficiente como para preguntarle qué era eso que me estaba ofreciendo. "Son varias cosas para la presión", contestó y mi interior se alborotó un poco más. Sin embargo, no continué indagando -primera lección-y me la tomé. Luego fui a cumplir con los requisitos de laboratorio y mientras hacía tiempo antes de recoger los resultados, decidí darle lugar a mi almuerzo, que más bien fue merienda, mientras conversaba con mi hermana que vive en Bariloche, que me daba alguna información sobre lo que la biodecodificación dice respecto a la presión alta. Los minutos se desplegaron con calma y cuando tuve los resultados y ya había pasado un tiempo razonable para volver a controlarme la presión, retorné a la guardia y esta vez me atendió una médica a la que le agradecí su buena onda y su humor. Con el ánimo en óptimo estado, pues la presión se había normalizado y los resultados daban bien, salí de allí a las cinco y media de la tarde aproximadamente y caminé hasta mi casa (unas 20 cuadras) haciendo algún alto para comprar alguna cosita. 

Horas después, ya de noche, de pronto me sentí mareada. El mareo se tornó en desmayos varios y otras cosas. En primer lugar, intenté comunicarme con dos vecinas y al no poder ubicarlas lo primero que se me ocurrió fue llamar al 107, servicio de Emergencias del municipio donde vivo. Hablando a media voz, le expliqué al señor que me atendió que necesitaba ayuda por tal y cual cosa. Del otro lado salió una extraña devolución: "¿Usted tiene alguna obra social?" Tengo PAMI pero no sé cuál es el número. "Tiene que llamar a su obra social: el 138".  En estado de perplejidad emocional ante su respuesta, y sin perder tiempo, llamé al número indicado donde me atendió una grabación cuyo final nunca llegué a disfrutar. Decidí regresar al 107, sólo para encontrarme con una respuesta similar: esta vez me indicaba  el número 139. Le pedí por favor que me ayudara, pues literalmente me sentía morir. Su postura no se modificó: "Tiene que llamar a su obra social, señora". Sin intentar comprender qué estaba pasando, marqué el número, sólo para obtener el mismo resultado: grabación interminable. Fue entonces cuando me vino la inspiración divina (es coherente llamarla así), que rápidamente se tornó en  solución: un primo que vive cerca y que fue como si hubiera estado esperando el llamado, pues el teléfono  creo que sólo llegó a hacer un ring y su voz ya estaba allí. A los cinco minutos, o menos, mi primo estaba buscándome y llevándome al hospital, donde por supuesto quedé internada, hasta las tres de la tarde del día siguiente, cuando me dieron el alta -  pues todos los estudios (laboratorio, placas, tomografía) daban buenos resultados-  con las siguientes palabras: "Esto no tiene por qué volver a ocurrir".

Es necesario comentar que  cuando quedé hospitalizada y expliqué que por la tarde había sido atendida en la guardia y qué tipo de pastillita se me había proporcionado, un médico dijo a otro "Le dio un compuesto" y a continuación  me preguntó si quien me había atendido era .... (mencionó un rasgo físico). Dije que sí y aporté algo más. Todo me hizo pensar que alguien ya estaba siendo observado.

Este cuentito lo escribo porque sólo así se puede entender lo que vino después, que es mi experiencia personal más allá de lo anecdótico.  En otro momento, mi actitud, luego de recuperarme o quizás antes, habría sido la de avanzar en la denuncia, formal o informal, contra el médico que me mandó de la presión alta a la presión de subsuelo y contra el hombre que atendió el 107, al que en esos momentos sólo pude referirme como un salvaje. Sin embargo, en esta oportunidad (sí, OPORTUNIDAD), mi sentir fue bien distinto. Con inmenso asombro vi que mi corazón -físico y energético- se había suavizado y que mi fuego ariano parecía haber encontrado la calma. Esto tiene mucho sentido, porque es lo que vengo pidiendo desde hace  tiempo cada vez que me observo reaccionando con cierta furia ante situaciones que sólo me sirven para hacer salir un enojo que quién sabe de dónde y cuándo proviene. Es esa furia que observo también en tantas personas -el facebook es perfecto escenario para esto- como si fuera la catarsis de miles de años que la humanidad está realizando en estos tiempos.

(BANKSY - soldier-throwing-flowers)

Pues bien, he estado pidiendo - ya casi implorando- la dulcificación de mi corazón, que nada tiene que ver con apagar el fuego que me es innato, ni domesticarlo ni anestesiarlo; sólo aquietarlo para sentirme   capaz de utilizarlo en la forma adecuada. Y mi ruego se manifestó a partir de esta experiencia realmente fuerte. No me interesa salir al ataque; he informado a quienes corresponde sobre todo lo vivido y sé que el río correrá hacia donde sea necesario para todos los actores de esta obra. Sé que cada uno realizó el papel que le tocaba. Ahora cada uno verá cuál es su próxima escena. Sí me gustaría verle la cara, en persona, al hombre del 107. Mirarlo a los ojos y tal vez preguntarle qué le pasó. ¿Por qué esto y no lo otro? Porque el mundo está lleno de reclamos de supuesta justicia que más bien parecen ocultar el ardor de la revancha. Y así estamos. ¿Quien quiere seguir viviendo de esta manera, adentro de la trinchera, preparando el próximo ataque para defendernos quién sabe de qué? No sé cuánto me demandará poder sostener la determinación de vivir en paz; lo que sí sé es que hoy es mi prioridad número 1.

Claudia M. Monasterio


¿Que estuvo antes, la película de Netflix o la mía? La mía. La otra me recordó que es posible. Si llegás a verla vas a entender el porqué de la conexión entre ambas.❤★☀

lunes, 22 de junio de 2020

Ese otro: Lucas

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 Traigo hoy algo que publiqué en mi facebook en febrero de 2017. Es que esta mañana, tomando unos mates en mi casa, se me vino Lucas y yo se lo agradezco, porque son esas cositas que te muestrasn a  corazón abierto.


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Cuando  aquellas pequeñas cosas se hacen GRANDES



Un sábado por la mañana, no hace mucho, era uno de esos días en que no me encontraba en mi mejor versión. Entonces decidí salir de casa en busca de un lugar donde sentarme a leer y a tomar un café. Cuando tuve el lugar y la mesa, en la vereda, me senté y pedí. Allí estaba cuando, de pronto, un vendedor se acercó y comenzó a sacar su mercadería (artículos para limpieza), que fue colocando sobre mi mesa de café mientras repetía: "Sin compromiso". Lo primero que tuve ganas de hacer, debido a que -como dije- no era el más brillante de mis días, fue decirle no quiero nada, llevate todo. En buena hora que no lo hice, pues cuando levanté la mirada y me encontré con la suya, algo allí me invitó a querer comunicarme. Él seguía desplegando sus productos, que me parecían caros, mientras insistía, cada vez: “Sin compromiso”. Si bien el humor turbio y el dolor de cabeza seguían presentes en mi persona, de mi boca salió la pregunta inicial: ¿Cómo te llamás? Lucas. Luego la edad: 16 años. ¿Dónde vivís? En Ciudad Evita. ¿Y venís hasta acá? No es tanto; tren y colectivo.

La conversación me dio otros datos de Lucas y de su motivación para hacer lo que hacía. Estaba allí con un primo (supuse que estaría vendiendo en otra calle), vivía con su madre y algún hermano, y había terminado el colegio con muy buenas notas. “Me esforcé para poder cambiarme de colegio, a uno de San Justo. ¿Conoce?” Según me explicó, Lucas quiso cambiar de colegio porque en el de San Justo son más exigentes que en el de Ciudad Evita y él quiere estar bien preparado porque su proyecto es seguir estudiando al terminar la secundaria. Lucas quiere ser contador. (Que los astros protejan la Universidad pública).

Supe también que en época de clases trabaja sólo los fines de semana. “El estudio está primero”, afirmó. Y que lo que recibe por las ventas está destinado en parte a su madre y en parte a sus propios gastos. ¿Y se vende ahora?, quise saber. En verano no mucho, contestó sonriendo. Luego me aclaró que el objetivo en este momento es irse unos días de vacaciones con su hermana y alguien más. ¿A dónde quieren ir? A Mar del Tuyú.

Lucas es un pibe espontáneo, respetuoso, lleno de vida y de alegría. Mientras las palabras sonaban, en esa mañana calurosa, yo sentía que el diálogo era una excusa para que se expresara un encuentro que trascendía cualquier tipo de frontera terrenal. Yo ya había elegido algo para comprarle y, como era su primera venta del día, él no tenía cambio para darme el vuelto. Puedo pedir cambio adentro, dijo con toda naturalidad. Miré hacia adentro en busca de alguien que me viera haciendo señas e interpretara lo que necesitaba, pero nadie me vio. Entonces, le di el billete de cien pesos a Lucas, él entró e inmediatamente regresó con la gestión realizada. En eso estábamos, cuando  me sorprendió con su pregunta: "¿Y vos cómo te llamás?" El usted ya había dejado paso al vos: el acercamiento. Ya no nos sentíamos extraños el uno del otro. Le agradecí por preguntar y le contesté: Claudia. Él guardó sus cosas en una bolsa negra de consorcio, nos miramos sonrientes y se despidió dándome un beso. Una vez más, la gracia de lo inesperado. Inesperado como esos minutos de vereda. “Un gusto conocerte, Lucas”, le dije. Cuando se fue, me quedé un largo rato con los ojos húmedos y agradeciendo. La mañana era otra.

GRACIAS, CAMPEÓN. QUE DIOS TE BENDIGA Y QUE LOGRES TODO LO QUE TE PROPONGAS.

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  22 de junio de 2020:  Si todo siguió tal como Lucas lo planeaba, este  año habrá entrando en la Universidad - al ciclo básico supongo- y   seguramente esté estudiando en forma virtual. Ojalá. ¿Y habrá podido hacer ese viaje a Mar del Tuyú? 

 Hoy, decir Mar del Tuyú es nombrar a mi amiga Anita Bianchi y su bar La  Margarita (lo conocí un verano). Y es pensar en su proyecto de irse a  vivir a la costa. Finalmente, voló más alto y quién sabe desde qué  estrella estará cuidándonos. Es así la vida. Ires y venires.

                                            Claudia M. Monasterio


sábado, 13 de junio de 2020

Que no se te meta el miedo

Que no se te meta el miedo a enfermarte. Y si te enfermás, que no se te meta el miedo. Hay caminos, como siempre. Investigá.
Que no se te meta el miedo a acercarte a alguien.
Que no se te meta el miedo a abrazar.
Que no se te meta el miedo al prójimo.
Que no se te meta el miedo a vos misma, a vos mismo.

El miedo es lo que logró poner a la humanidad de rodillas.
El miedo es lo que creó una civilización con "autoritarismo saludable y libertad anoréxica", citando las palabras de alguien a quien escuché en estos días.
                                                       
                                 Shop Until You Drop - by Banksy


La posibilidad de elegir está allí, a cada minuto.

Estamos viviendo con el estigma de que somos potenciales enemigos de nosotros mismos y de los demás. No es fácil, ni agradable, ni alentador. Yo, a esta altura, creo que debe haber otra manera, pero es solo mi percepción.




Todos los días se nos ofrece el parte de enfermos y muertos por el covid. ¿Por qué se calla sobre las personas que han muerto porque no fueron atendidas o que la están pasando muy mal debido a que si no es covid no es urgente? "Muertes causadas por el tratamiento médico retrasado o cancelado”, dice John Ioannidis, médico, científico y epidemiólogo, referente de la Universidad de Stanford.
¿No era posible dedicar un sector de los centros de salud para los casos de covid y dejar el resto para atender las otras enfermedades? No sé, me pregunto.

Hace rato que se nos viene anunciando la llegada del pico del virus: a pesar del confinamiento, a pesar de la lavandina, del tapabocas, y del alcohol. ¿Asusta?

Jamás diría que el virus no existe; seguramente existe, como existen otras patologías que pueden producir contagio y por las cuales muere mucha gente todos los años.

Cada uno compra la información que quiere. Por mi parte, elijo siempre escuchar voces opuestas e intermedias, y luego puedo acercarme a algunas conclusiones, no exentas de un pequeño porcentaje de duda y que, por supuesto, pueden ir modificándose a medida que voy sabiendo un poco más. En ese poco más, suele no entrar la noticia cotidiana. Me doy permiso para cuestionar lo que se dice masivamente y tal cuestionamiento me abre a pensar otras cosas; otras cosas que no tomo por válidas apenas conocerlas sólo porque sean distintas. Las tengo en cuenta, las pienso, evalúo dentro de mis posibilidades.

Sabemos de la importancia, en este momento como en cualquier otro, de tener nuestro sistema inmunológico bien atendido, y eso abarca el campo físico tanto como el emocional. Me pregunto cuándo el encierro prolongado fortaleció la salud de alguien. ¿Cuándo la vigilancia policial favoreció nuestro estado anímico? No pongo en tela de juicio, al menos por el momento, el trabajo que los gobernantes hacen en Argentina, país donde vivo, pero creo que a este accionar le está faltando una pata. Por eso busco, escucho otras opiniones con argumentos. Siempre sugiero escuchar a quienes no se les da tanto espacio en la prensa mediática. Quizá tengan algo que decir.

He escuchado recientemente al doctor Oscar Botta, pediatra de Buenos Aires, y antes al virólogo Pablo Godsmith, que vive en Francia. De otros países, le he prestado atención a Josep Pamiés (español), que desde hace muchos años investiga sobre las propiedades alimenticias y curativas de las plantas y que se ha ofrecido a ser infectado con el virus para demostrar cómo puede curarse; a Andrea Kalcker, biofísico alemán que estudia el dióxido de cloro desde hace 13 años: al costarricense Rolando Araya, que propone hacer pruebas con el dióxido de cloro en bolsas de sangre de personas infectadas, para comprobar o descartar una posible cura para este virus. La lista es larga; están ahí si se quiere buscarlos.

Finalmente, puede ser que todo este palabrerío no sea más que eso y que lo único que tenga sentido sea construir un pensamiento propio evitando los prejuicios hasta donde a cada uno le sea posible, mientras acompañamos este tiempo de revolución evolutiva con la mayor compasión que nuestro corazón nos lo permita, para que la vista no se nos nuble.

Y cualquiera sea la creencia con la que cada uno elija experimentarse, por favor, QUE NO SE TE META EL MIEDO.

  
                                              


Claudia M. Monasterio

viernes, 29 de mayo de 2020

Otra oportunidad, por favor


Reconocer la grandeza del ser humano
y recuperar su capacidad
para el amor
contemplando los modelos que son ejemplo.


Yo  no compro el discurso de que somos una mierda y que todo lo hacemos mal,  porque con ese discurso nos veo a merced 
de algo o de alguien que  tenga que venir a salvarnos 
y eso es terreno fértil para el engaño fácil, 
para que las topadoras nos pasen por encima.

Nos hemos equivocado enormemente, hemos andado a los tumbos, seguimos mirándonos como a enemigos, como a alguien de quien es mejor desconfiar,
pero nada me dice que no podamos remediar y crear una vida digna que nos incluya a todos. Una gran orquesta donde cada uno toque el instrumento que ha venido a tocar y contribuya con su mejor sonido.




Es una decisión individual que, al replicarse, se extiende.  Recuperar nuestra grandeza, re-conocernos.

Sí, todavía, por ahora, tengo fe en el ser humano a pesar de la crueldad que rige el corazón de tantas personas. Como dice Eladia Blázquez en una de sus canciones: "A pesar de todo, dejándola abierta, verás que se cuela el sol por tu puerta".  





Claudia M. Monasterio

martes, 19 de mayo de 2020

¿El fin de la democracia?

Los gobiernos se han ocupado de cuidarnos del virus, algunos con más eficiencia que otros. Me pregunto: ¿Seremos lo suficientemente sabios para cuidarnos  de otros asuntos que causan más perjuicio que un virus? La megaminería, torres de alta tensión, la contaminación de las aguas, la falta de agua, la desnutrición, por citar lo primero que se me va ocurriendo. Hay asuntos que requieren de una severísima atención, pero no la tienen pues causan menos revuelo que el llamado COVID, ya que las muertes que provocan son silenciosas y no se producen al por mayor como parecería ser con el personajito que hoy tiene al mundo en vilo.

 Está claro que no son los gobiernos los que van a protegernos del avance impertinente de la anti ecología; por lo tanto, deberemos tomar cartas en el asunto, de un modo más contundente que el que quizá  venimos aplicando, como si se tratara de una sociedad que ha crecido y que sabe que no tiene por qué someterse a decisiones que no sólo no promueven su bien estar sino que son atentados contra la vida. Y esto me lleva al tema que me interesa desde hace años y para el cual recientemente he encontrado un nombre.

Sí, hace años que me escucho pensando sobre la necesidad de que la forma de gobernar el mundo gire 180 grados. Y eso que en mi interior comenzó como necesidad, vertiginosamente se tornó en urgencia. Todo me ha ido susurrando –luego, vociferando -, como en un sueño profundo, acerca de una forma de vida desplegada en el marco de una economía de cooperación, respaldada por un sentido comunitario, ausente de corporaciones fagocitadoras que monopolicen los mercados, y presente, muy presente, de pequeñas y medianas empresas con participación y responsabilidad compartida,  micro emprendimientos,  sensibilidad hacia lo natural, no como obediencia ciega a un eslogan circunstancial, sino como resultado de un despertar de conciencia acerca de que ahí está la vida en su plenitud. La naturaleza en casa: en las relaciones, en la alimentación, en la salud, en el acompañar el crecimiento de los hijos.  Una forma de vida en la que lo holístico se exprese en la educación tanto como en la medicina, ambas al alcance de la sociedad toda, exenta de privilegios, con verdadera participación de los ciudadanos. Un sistema social donde se favorezca el mejoramiento de la vida de todos los habitantes, apelando a la responsabilidad individual y al ejercicio del pensar. Una sociedad donde el que se quede afuera no lo hará por no tener los medios para acceder, sino porque lo ha elegido. En fin, da para largo.

Llevo un rato observando que lo que llamamos democracia no lo es tanto. ¿Acaso los ciudadanos votamos las leyes? ¿Acaso usamos las herramientas que nos corresponden para exigir que se cumpla lo prometido? Sin duda, es un sistema que estuvo bien para una larga época de la historia, aportando todo lo que pudo, pero que  ya nos queda chica, pues aunque en ocasiones sigamos camuflándonos detrás de una adolescencia 

Cuadro de Antonio Varas de la Rosa
Cuadro de Antonio Varas de la Rosa

 civil que no quiere retirarse, Peter Pan se puso viejo y ya nadie le cree. Pues bien, como decía antes, hace poco -en este tiempo que comenzó como cuarentena y está debutando como sesentena-, encontré que eso que vengo soñando tienen un nombre: ontocracia


Y si no es exactamente lo que vi en mis sueños, se le parece bastante, pues implica que el ser recupere su poder; que el individuo desarrolle  su potencial y lo ponga al servicio del conjunto. Significa que cada persona se reconozca ser humano, sienta la fuerza de su interior y desee compartir su plenitud con la de sus prójimos. 


Juan Diego Monasterio. Trabajo en lápiz.


Sé que en el vasto territorio del planeta hay muchos seres humanos encarnando esta esperanzadora realidad a través de sus iniciativas. Son esas "noticias" que la industria mediática pretende ignorar, pero quegracias a la globalización tecnológica (que tiene su luz y su sombra), podemos llegar a conocer. Es esa parte de la realidad que me reconforta y me confirma que el mundo camina hacia allí. Quizá yo no llegue a verlo en gran escala, pero saber que está ocurriendo me dibuja una sonrisa indescriptible.



                                    Claudia M. Monasterio

jueves, 14 de mayo de 2020

RECLAMO EL AMOR


                                    

Por el tiempo vivido 
y por el que tengo por vivir,
reclamo el amor. 

Lo he logrado. 

He vivido una suma respetable de años: 

algunos mejor, otros peor, pero los he vivido.
A todo le hice frente:
a veces mejor, a veces peor, pero de nada hui, 

como la guerrera que soy.

En mi maleta he ido poniendo ingredientes variopintos:
algunos de a uno por vez, otros en dulce mixtura,
otros en combinación casi letal. 


Figuran en mi curriculum vitae:
ingenuidad, suspicacia, perspicacia, pesimismo,
voluntarismo, determinación, entusiasmo, confianza, 
quiebre, ansiedad, calma, fanatismo, moderación, risa,
 silencio, dolor, desamparo,  resurrección, 
enfermedad, salud, desesperanza, desesperación, 
negligencia, revolución, canto, ausencia de voz, 
danza, rigidez, vacío con sentido, vacío sin sentido,
 luz, abismo, horizonte, cárcel, llanto creativo, llanto inútil, 
rabia, resentimiento, carcajada, tolerancia, intolerancia, 


soledad, abandono, amistad, tormento, 
amor, furia, compasión, comprensión … 

Mi lucha, hoy:

                  aceptar la totalidad, hacerla mía y dejarla libre. 

Por todo lo vivido
y por lo que tengo por vivir
(veinte años o veinte minutos),
reclamo el amor en el mundo entero, 

aunque el mundo entero no me escuche
y haga una mueca absurda.






                                                            Claudia M. Monasterio

viernes, 8 de mayo de 2020

Diálogo III


Voy llegando a la puerta de entrada del edificio donde vivo y veo pasar a alguien con barbijo. Entonces, me doy cuenta de que lo llevo colgando de la muñeca y no me lo he puesto.


(Yo) ¡Uy, el barbijo!
  --   ¡No soy un barbijo! Hablemos con propiedad.
(Yo) Ah, otra vez uno de esos diálogos de cincuentena...
  --  Exactamente.
(Yo) ¿Y cómo debería llamarte? Porque muchos dicen tapabocas, pero eso no es correcto tampoco, ya que  no incluye la narizota
 --  Me va más mascarilla.
(Yo) Tenés razón. Bueno, ahora estoy lista, salgamos.

Y salimos.

(Yo) ¿Te fijaste que de un momento al otro pasaste de ser él a ser ella?
 --Interesante observación. ¿Y a dónde nos lleva eso?
(Yo) Mmm... a ver .....
-- Dejalo ahí antes de que digas cualquier verdura.
(Yo) Dale.

Caminamos un par de cuadras.

(Yo) ¿Sabés qué me gusta de esta época tan extraña? Que las calles se ven más tranquilas, hay menos ruido.
-- A mí .....
(Yo) ¿Sabés qué no me gusta cuando salgo a la calle en esta época? Que percibo en mucha gente  una energía que no me agrada . Por ejemplo,  cuando estoy haciendo la fila para entrar en algún negocio...
-- Se supone que cuando decís ¿Sabés qué...? yo tengo que decir No, no sé, ¿qué es? , pero ni me esperás.
(Yo)  Es como si las personas no fueran personas. Como si fueran clones o algo así. Te miran detrás del barbijo .. perdón, mascarilla...
-- Uy, te está pegando fuerte esto. No sólo ni escuchás lo que te digo sino que me venís con ideas de ciencia-ficción. ¿Ves mucha tele?
(Yo) No veo tele, pero ..
-- Ok, ok, ya está bien ahí. ¿Qué otra observación?
(Yo) Cuando camino y voy viendo tantos comercios cerrados, por un lado siento compasión por toda la gente que en este momento no puede trabajar  y que está viviendo la angustia del ingreso económico interrumpido, y al mismo tiempo veo cuántas cosas prescindibles se nos ofrecen en los escaparates, cuántas pompas de jabón.
-- Me encanta esa palabra: escaparate Es como estar viendo una peli de Merry Christmas. Escaparate.
(Yo) Ja ja, sí, me gusta también. Y sí, tiene algo de jingle bells.
-- ¿Algo más?
(Yo) Sí, cuando nos veo a todos con la boca-nariz tapadas me viene la imagen de los piqueteros o manifestantes que se cubren así muchas veces para proteger su identidad y no ser perseguidos después. Hoy parece que todos nos protegemos de algo. Cada vez nos parecemos más los unos a los otros, ¿viste?. Algo de esto escribí en una de las primeras entradas de este blog.
-- ¿Y de qué se protegen?
(Yo) Como los actores griegos que usaban una máscara para expresar tal o cual cosa.
-- ¿Y qué hay detrás de esa máscara?
(Yo) Pero también está esto de que la mascarilla nos obliga a mirarnos más a los ojos. Eso me gusta. Da la impresión de que, a pesar de escondernos detrás de ese pedazo de tela, estamos obligados a mirar más al que tenemos enfrente.
-- Claro, entonces ...
(Yo) Miramos la expresión de sus ojos... ¿Se caerán las máscaras de verdad alguna vez?
--  Bueno, yo creo ..
(Yo) ¿Nos quitaremos el disfraz? Da un poco de miedito abandonar el personaje de tantos años y animarse a incursionar en uno distinto, algo nuevo, diferente, con un guión más libre ... ¿Qué te pasa que no hablás?
-- No me dejás. No me registrás. Cada vez que estoy por meter un bocadillo seguís de largo, como si yo no existiera.
(Yo) Si, es eso lo que se siente a veces: como si una no existiera, como si el otro no existiera. Es esa puta individualidad sacralizada, distorsionada, malversada, a la que la sociedad le ha rendido culto como ...
-- ¿Usada para separar a los unos de los otros?
(Yo)  ¿Sabés que sí?
-- Gracias, casi me emociono por el reconocimiento de mi aporte.
(Yo) Ah, no te contesté de qué se protegen. O de qué nos protegemos detrás de la máscara.
-- No, pero dejalo así nomás, está bien, no hace falta, ya entendí.
(Yo) Y sobre pompas de jabón no dijiste nada. ¿No te sorprendí con eso?
-- O sea que tenías algún registro de lo que a mi me pasaba. ¿Entonces qué era? ¿Parte de alguna estrategia?
(Yo) ¿Tenés algún problema de identidad por esto de que te nombran de distintas maneras?

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Claudia M.Monasterio

De la incoherencia a la cohesión: el año del lavarropas

Motivada por algunos hechos, me encontré un día pensando que la impunidad, sostenida en el tiempo, hace que la humanidad se estanque, simple...